sábado, 9 de diciembre de 2017

A LA CAZA DEL CONVITE: CLIENTES, PARÁSITOS Y SOMBRAS EN TU TRICLINIO

Asistir a una cena. Comer pichón y beber Falerno. Reír y brindar y tumbarse en el triclinio al lado de, por ejemplo, un senador. Quizá hasta llevarse a casa las sobras de esas suculentas ubres de cerda… Conseguir que te inviten a una cena en Roma no siempre era tarea fácil. Ya sea por consolidar una posición social, ya sea por pura gorronería, anfitriones y posibles convidados se esforzaban por mantener un ritual que para unos era una ocasión fantástica de promocionarse socialmente, y para otros simplemente sentir que formaban parte de un círculo privilegiado. Sea como fuere, veamos las diferentes formas de conseguir ser objeto de una invitación a una cena.


Lo primero que hay que tener en cuenta es la posición de quien desea ser invitado con respecto de quien invita. Por ejemplo, se puede ser cliente de un patrón, o su liberto. En ese caso el patrón tiene unas obligaciones con respecto a su red clientelar que hará bastante fácil que, de vez en cuando, caiga alguna cena. El mejor momento para ello suele ser la salutatio matutina. El cliente madrugará, esperará con paciencia su turno, dirá maravillas de la familia que ahora mismo le atiende, se ofrecerá para acompañarlo a cualquier acto público del foro -donde le aplaudirá como si se acabara el mundo-, le pondrá al día de chismorreos, le prometerá su voto, le ofrecerá sus servicios… en pocas palabras, le renovará su confianza.


Los clientes -donde podemos incluir a los libertos- ofrecen apoyo a su patrón en temas legales o electorales, comparten beneficios económicos, lo acompañan en sus viajes o a la guerra, le consiguen el apoyo de amplios sectores de la población... Algunos clientes que se apañan bien con las letras optan por componer largos poemas descriptivos de jardines, baños, cenadores o villas de los patricios: “Trescientos versos empleas, Sabelo, en alabar los baños de Póntico, que tan ricamente cena. Lo que quieres es cenar, Sabelo, no bañarte” (Marcial IX,19). Otras veces hay que leerse los poemas, discursos o composiciones diversas del futuro anfitrión, como le sucede a Catulo: “Por haber querido ser, en efecto, el invitado de Sestio leí su discurso contra la candidatura de Ancio, lleno de veneno y pestilencia” (Carm.44).
Sea como fuere, el patrón agradecerá ese gesto de fidelidad, aunque corre el riesgo de creerse las adulaciones, que a veces solo buscan una buena cena: “La multitud de clientes te aclama con unos inmensos bravos: no es que tú seas elocuente, Pomponio, lo es tu cena” (Marcial VI,48). Y aunque bien recibida, la cena a veces es solo un mal recuerdo de la inferioridad del cliente hacia su patrón: “Métete en la cabeza que cuando te invitan a comer recibes un salario íntegro por tus antiguos servicios” (Juv. Sat. V,12).
Pese a todo, no siempre se consigue el ansiado botín: “Los clientes, viejos y agotados, abandonan el vestíbulo y renuncian a sus deseos, por más que la esperanza de una cena le dura mucho a un hombre” (Juvenal I,133).

La siguiente estrategia es hacerse el encontradizo y desplegar todo un arsenal de habilidades y virtudes que harán irresistible al presunto comensal. En este caso bien podemos hablar de clientes que se han ido sin premio a casa, o bien de gorrones profesionales, también llamados parásitos. Bajo este elocuente nombre se esconde toda una suerte de personajes que viven a costa de los demás: clientes que no aportan nada de provecho a su patronos, patricios que se han empobrecido pero que fingen amistad con los presuntos anfitriones, aspirantes a la jet set romana, caraduras profesionales… En los textos hasta encontramos muestras de orgullo profesional por parte de aquellos que viven de gorra: “El parásito se dirige al banquete con ganas locas de ejercer su oficio, mientras que el resto de los hombres aprenden unos oficios que odian” (Luciano, El Parásito,13).


Las fuentes literarias están llenas de ejemplos de parásitos al acecho en el foro, los teatros, los templos o las termas. El método principal es la adulación, pura y dura. En palabras de Petronio: “Los falsos aduladores que van a la caza de una cena entre la gente rica tienen como preocupación primordial pensar en lo que resulte más grato a sus oyentes” (Sat.3,3). Y  Terencio pone en boca del parásito Gnatón su sistema para “cazar” cenas: “alabo cuanto dicen, y si lo contradicen, lo alabo también. Si dice uno no, yo digo también no; y si dice sí, digo sí. Finalmente, me he propuesto lisonjearlos en todo; que esto es hoy día lo que da más ganancia” (Ter. Eun.250).
Marcial nos nombra a un tal Selio, capaz de cualquier cosa con tal de no cenar en su propia casa. “Escucha los elogios de Selio, cuando le echa las redes a una cena, tanto si recitas como si defiendes un pleito: “¡Así se hace!, ¡fenómeno!, ¡vamos!, ¡cojonudo!, ¡bravo!, ¡magnífico!, ¡así me gusta!”. Ya has conseguido la cena: cállate”. (II,27).
Todo vale para conseguir una cena: dejarse ganar en el juego de pelota, elogiar cualquier cosa que provenga de la víctima -atosigarlo si es necesario-, servirle el vino… “No es posible deshacerse de Menógenes en las termas y en los alrededores de los baños, por más que emplee uno toda su maña. Cogerá con su derecha y con su izquierda el tibio trigón para apuntarte a ti en muchas ocasiones las pelotas ganadas. (...) Si coges tus toallas, dirá que son más blancas que la nieve, aunque estén más sucias que el babero de un niño de pecho. Al atusarte tus cuatro pelos con una pasada de peine, dirá que has arreglado la melena de Aquiles. Escanciará él mismo los brindis con los posos de una botella ahumada y secará sin cesar el sudor de tu frente. Todo lo alabará, lo admirará todo, hasta que, aburrido de sus mil fastidios le digas: ¡”Ven!” (Marcial XII,82).


Para ganarse una cena no sólo sirve la adulación, también el ofrecimiento de chistes y chascarrillos que amenicen la velada. El parásito Gelásimo del Estico de Plauto se vende así: “Tengo chistes a la venta… ¡hale, licitar!, ¿quién hace una oferta por una cena?, ¿hay alguien que ofrezca un almuerzo? (...) Imposible te será encontrar chistes mejores, no consentiré que haya otro gorrón que los tenga más buenos. Vendo también acertijos griegos que os harán sudar, otros más suavecitos para el estado de la borrachera, o también bromas, adulaciones y mentirijillas bufonescas” (Plauto, Stich,220-230).
Junto a los chistes, las bromas: “Te crees, Caliodoro, que gastas bromas en tono festivo y que tú solo rebosas gracia a raudales. Te ríes de todos, lanzas dicterios contra todos: te piensas que así puedes hacerte agradable como convidado” (Marcial VI,44).
Y, cómo no, los chismorreos y las novedades, que tanto ponían al día al personal de los avances de la guerra, como de los estrenos teatrales, sin excluir el cotilleo puro y duro: “No paras, Filomuso, de ganarte cenas con esas mañas tuyas de inventar muchas historias y contarlas como verdaderas” (Marcial IX,35).

Y no es de extrañar que se esfuercen tanto en conseguir cenar de gorra, puesto que la alternativa a menudo es una cena tirando a pobre -austera, que queda mejor- en casa propia.  Sin embargo, lo mejor en estos casos es disimular la contrariedad, mostrar alivio por no tener que salir de casa, hacer alabanza de las comidas sencillas… puro postureo. En palabras de Horacio: “Si, por azar, nadie te invita a cenar, haces grandes elogios de tus frugales legumbres y, como si solo tuvieras que ir por la fuerza, te proclamas feliz por no tener que ir a beber a ningún sitio” (Serm.II,7,29). Y Marcial tampoco se queda corto: “Jura Filón que él no ha cenado nunca en su casa, y así es: no cena cuando nadie lo invita” (V,47).



Otra de las posibilidades para asistir de gorra a una cena de postín es pegarse a las espaldas de otro a quien sí han invitado y convertirse en un sombra (umbra). Estos comensales que realmente no han sido invitados por el anfitrión, sino por otro comensal, son mejor o peor acogidos según si son o no personas agradables y según la categoría de aquel que los trae. Por ejemplo, Horacio nos narra la cena de Nasidieno, presuntuoso y nuevo rico, donde se hallan “Servilio, Balatrón y Vibidio, a los que Mecenas había llevado como a sus sombras” (Hor.Sat.II,8), es decir, tres sombras nada menos que de Mecenas, con mejor posición en el triclinio que otros que se lo “merecen” más.
Plutarco remonta esta costumbre a Sócrates, “cuando convenció a ir con él al banquete de Agatón, aunque no se le había invitado, a Aristodemo” (Quaest.conv.), y nos añade: “poderosa es la costumbre de la ciudad, e implacable”.



Para terminar, el último método para asistir a una cena es invitarse uno mismo. Este sistema es más propio de amigos que mantienen una relación de igualdad entre sí, aunque no siempre da resultado. Como el otro no tiene ninguna obligación social con el presunto comensal, se puede dar el lujo de rechazarlo en su mesa. Esto desencadena toda una serie de excusas y poses por parte de los potenciales anfitriones, del tipo: “Te juro que te invitaría con mucho gusto si hubiera sitio” (Plauto, Stich,592), o “es que ya tengo nueve para cenar” (Plauto, Stich, 486), o “Te invitaría a cenar, si no cenara fuera hoy” (Plauto, Stich,190).

Solo queda acabar esta entrada con las memorables palabras halladas en los graffiti de Pompeya:
Quisque me ad cenam vocarit valeat, “a quien me invite a cenar le digo, que estés muy bien” (CIL IV,1937)


Prosit!

domingo, 12 de noviembre de 2017

DEL SILFIO A LA ASAFÉTIDA: CONDIMENTOS CON HISTORIA



Pongamos que hoy me levanto con ganas de seguir las pautas de Ateneo de Náucratis y decido reunir una despensa con los condimentos imprescindibles que toda cocina -clásica, por supuesto- debe poseer. Según Ateneo, que vivió entre los siglos II y III de nuestra era, la lista de condimentos imprescindibles -o Artýmata- la proporciona Antífanes, un autor de la Comedia Media que vivió en el siglo IV aC, y son:  “Uva pasa, sal, vino cocido, jugo de silfio, queso, ajedrea, sésamo, natrón, comino, zumaque, miel, orégano, finas hierbas, vinagre, aceitunas, verdura para la salsa de hierbas, alcaparras, huevos, pescado salado, mastuerzos, hojas de higuera rellenas, zumo” (Ateneo II,68,a).

Pregunta: ¿podría conseguir esta despensa? Tras una ojeada atenta a la lista en cuestión, se concluye que se podrían conseguir casi todos, incluso los que son difíciles de descifrar, como el natrón (carbonato de sodio, para que las verduras cocidas queden de un bonito color verde), el zumaque (cuyas bayas actúan como acidulante) y los mastuerzos (qué bonito nombre para las hojas del berro). Pero hay uno imposible de encontrar en la actualidad: el “jugo de silfio”.

¿Qué era el silfio?
Fue una planta con aspecto de hinojo gigante que quizá podría identificarse con la Ferula tingitana y que era muy apreciada sobre todo por la resina que exudaba, la cual se podía extraer de la raíz o del tallo. Los griegos la llamaron silphion y los romanos la llamarían laserpicio. Según Heródoto “dicha planta se extiende desde la isla de Platea -en la antigua Beocia- hasta la desembocadura de la Sirte -en Libia-” (Hist. IV,169). Es decir, en la antigua provincia de la Cirenaica, en la actual Libia.
El rey Arcesilao de Cirene supervisa la elaboración del silfio. Biblioteca Nacional París
El producto más apreciado era el exudado vegetal de la planta, el “jugo de silfio” imposible de Antífanes o laser, que es el nombre que le dieron los romanos. Se trataba de una sustancia que contenía goma y resina y que debía disolverse previamente antes de usarse. Pero también se consumía la raíz del laserpicio, fresca o seca. Los usos eran diversos, pues no solo se utilizaba en cocina como condimento -tal como recomienda Antífanes- sino que tenía numerosas propiedades medicinales, como recoge ampliamente Plinio el Viejo (NH, XX,49): alivia los malestares, actúa como diurético, cura las heridas, neutraliza el veneno, desinfecta las mordeduras de perro, elimina verrugas y excrecencias, destruye los sabañones y los callos, aclara la garganta, alivia los dolores de gota, elimina la alopecia, alivia el dolor de muelas, provoca la menstruación…
Un producto casi milagroso, aunque también provocaba diarrea y ventosidades, según Aristófanes. No es de extrañar que fuera “pesado en denarios de plata” (Plinio NH, XIX,15) y llegó a ser tan importante en la economía de la Cirenaica que su imagen fue representada en las monedas de oro y plata que se acuñaban en Cirene.

Hasta aquí todo son maravillas. Sin embargo, el silfio o laserpicio presentaba un par de inconvenientes. En palabras de Teofrasto el silfio “rehuye el terreno cultivado” (Historia de las Plantas VI, III, 3). Es decir, crecía exclusivamente en estado salvaje. El otro impedimento es que crecía únicamente en la Cirenaica. De nuevo Teofrasto nos dice: “Esta planta se extiende por un área dilatada de Libia: en una extensión de más de cuatro mil estadios. La mayor cantidad se cría en la Sirte, que está cerca de las islas Evespérides” (VI, III, 3). Se trata en realidad de una zona muy estrecha en la costa de Libia, apenas 48 km de largo y 400 de ancho, circundada por el desierto.
No pudiendo trasplantarse a otras tierras, el silfio primero aumentó su precio y después acabó por desaparecer. ¿Las causas? Seguramente la sobreexplotación debida a la altísima demanda. Eso sin contar que los terratenientes prefieren apacentar sus ovejas con el silfio (Plin. NH XIX,15), porque “las engorda mucho y comunica a su carne un gusto admirablemente exquisito” (Teofr.VI,III). El exceso de recolección, la ausencia de control en la producción, el pastoreo y el hecho de que solo creciese de forma salvaje es lo que provocó la extinción del silfio.
La última planta localizada data del siglo I dC y fue regalada al emperador, según Plinio: “Un único tallo enviado a Nerón es todo lo que ha sido hallado” (NH XIX,15). Esta fecha coincide también con el fin de la representación de la planta en las monedas de Cirene. Sin embargo, Plinio es optimista y nos explica cómo saber si una planta sospechosa es finalmente un brote de silfio: “Si un animal da con un brote prometedor, será un buen indicio que, tras comerlo, la oveja se dormirá de inmediato; una cabra, en cambio, dejará oír un estornudo sonoro” (NH XIX,15).

¿Debo resignarme a que mi lista de condimentos al estilo de Antífanes quede incompleta? Depende. Puedo recurrir al sustituto oficial del silfio, adoptado por Roma dada la imposibilidad de poder consumir el producto original. En efecto, una vez desaparecida la planta, Roma tuvo que optar por resignarse y encontrar un sucedáneo que estuviera a la altura. La solución fue la ferula Assa foetida, una planta herbácea y perenne que produce también una gomorresina y viene a ser un laserpicio de segunda regional. Ya nos dice Plinio, “desde entonces no ha sido importado otro laser que aquel de Persia, Media y Armenia, donde crece en abundancia aunque muy inferior al de Cirenaica y además es adulterado con goma, sacopenio o alubias molidas” (NH XIX,15).
Asafétida

La asafétida desprendía un olor tirando a nauseabundo, olor que se intentaba disimular con otras sustancias, como apunta Plinio. Por lo demás, funcionaba exactamente igual que el silfio como condimento y como remedio medicinal, que igual te aliñaba unas salchichas que te servía de antiespasmódico o de abortivo (esa propiedad de ambas plantas para provocar la menstruación y para evitar que se implantase un embrión igual explicarían el secreto de su éxito…).
La asafétida se sigue utilizando en la gastronomía de la India y de Irán, por lo que se puede conseguir actualmente, y recibe el nombre de hing. Suele venderse en polvo y su sabor recuerda a una mezcla de ajo y cebolla. Es lo más en los curries de lentejas y legumbres. No deja de ser curioso que la asafétida sea una especia de lo más exótico en Europa, de moda entre veganos y fans de la vida saludable, cuando fue utilizada con tanto empeño durante siglos, hasta la Edad Media por lo menos.

Por fin puedo tener mi despensa completa, aunque a la manera romana, no a la griega!
Para acabar, una receta que aparece en De Re Coquinaria de Apicio. Considerando la fecha en la que vivió Apicio-o vivieron, que no fue uno solo-, el laserpicio, el laser o el jugo de silfio nunca pueden pertenecer a la misma planta que mencionaban los griegos de la Cirenaica, puesto que ya se había extinguido, sino a su sustituta, la asafétida. Allá va:

Pollo al laserpicio (PVLLVM LASERATVM)

Abrir un pollo a lo largo. Lavarlo y prepararlo bien; ponerlo en una cazuela. Machacar pimienta, ligústico (apio de monte), laserpicio fresco (es decir, asafétida), rociar con garum, amalgamar con vino y garum, y echarlo con el pollo. Una vez cocido, espolvorear pimienta y servir. (VI,VIII,5)

Prosit!

jueves, 7 de septiembre de 2017

IENTACULUM, DESAYUNO FRUGAL A LA ROMANA

La palabra para designar el desayuno en latín es ientaculum. Sin embargo no se trata del mismo concepto de desayuno que tenemos en la actualidad. Nuestro concepto se forja alrededor del siglo XIX con la revolución industrial. Los horarios de trabajo van a marcar sí o sí el ritmo de las comidas y se hace imprescindible comer algo antes de entrar a trabajar para aguantar el esfuerzo. También hay que comer algo a mediodía, pues gracias a la electricidad se amplía el horario de trabajo hasta más tarde y se retrasa la cena. Por otra parte, fruto del interés por la salud y por la venta de productos confeccionados expresamente para ello, se comienza a forjar esa idea de que el desayuno es “la comida más importante del día”.
El ientaculum romano es otra cosa. Es un refrigerio, un tentempié que se puede tomar o no según las necesidades y gustos de cada uno. No está en absoluto codificado dentro del ritmo de las comidas y, en todo caso, no es para nada “la comida más importante del día”. Partiendo de esta premisa inicial, veamos qué tomaba el pueblo romano para desayunar.



Las fuentes escritas apenas se hacen eco del desayuno -ientaculum- del pueblo romano. Este se suele confundir a veces con el almuerzo -prandium-, otra de las comidas que tampoco aparecen mucho en las fuentes escritas. Ambas responden al mismo concepto, el de tomar algo para calmar el estómago, sin protocolos ni complicaciones. Pero aunque los textos no mencionan demasiado estas comidas, podemos extraer algunas pistas.

Parece que el desayuno se hacía entre la hora tertia y la hora quarta (entre las 7 y las 9 de la mañana según sea verano o invierno), aunque, insisto, dependerá de a qué hora se levante el interesado y la actividad que vaya a realizar.
Por ejemplo, en la biografía del emperador Antonino Pío se dice que este desayunaba antes de que empezara el ritual matutino de la salutatio, por lo tanto desayunaba algo casi seguro antes de que saliera el sol: “también de anciano, antes de que llegaran los clientes, comía pan seco para mantener las fuerzas” (Iul. Capitol. Anton. Pius 13,2).
También al amanecer desayunaban los niños que iban a la escuela, desayuno que a menudo compraban en la panadería, según las palabras de Marcial: “¡Levantaos! Ya está vendiendo a los niños sus desayunos (ientacula) el panadero, y las crestadas aves del alba -los gallos- resuenan por todas partes” (XIV,223)
Pero en otros casos se desayuna más tarde, por ejemplo en cierto viaje que hacen los protagonistas de El Asno de oro, que parten al amanecer pero deciden desayunar estando ya el sol alto (Apul. Met. I,18).


Las fuentes escritas nos dan pistas a su vez sobre qué se desayunaba. Hemos visto ya que Antonino Pío tomaba pan seco (panem siccum). Este panem siccum aparece a menudo y estaría situado en el puesto número uno de los ingredientes del desayuno romano. Lo encontramos en la dieta de Tácito (el emperador del siglo III, no el historiador): “Solamente comía pan seco y aderezado con sal u otros condimentos” (Vopisc. Tacit.11), o en la de Séneca: “a continuación tomo pan seco” (Ep. 83,6). Así pues, pan duro, que podía estar untado de ajo, aceite y sal, o bien remojado en vino puro.

Junto al pan duro, el otro ingrediente estrella del desayuno, el queso. Leemos en El Asno de oro: “-He aquí tu almuerzo, está preparado (paratum tibi adest ientaculum). Dejo caer las alforjas de mis espaldas y le ofrezco pan y queso” (Apul. Met. I,18). Y en Marcial: “Queso Vestino. Por si quisieras sin carne tomar desayunos frugales, este queso te llega de la cabaña de los Vestinos” (XIII,31), especificando además el tipo de queso, que se ha querido identificar con el “pecorino di Farindola” de la Pescara actual, en la región de los Abruzos. Marcial es así, muy de denominación de origen. Por cierto, no pasemos por alto la advertencia del escritor, “si quisieras sin carne tomar desayunos frugales…”, dejando caer que el tema frugalidad es una mera opción personal.

El desayuno permite también otras opciones: leche, miel, frutas, huevos… El emperador Alejandro Severo “cuando aún estaba en ayunas, se bebía casi un sextario (0,54 litros) de agua fría del acueducto llamado Claudio. Tras salir del baño, tomaba una buena cantidad de leche y pan (lactis et panis), huevos (ova) y después vino mezclado con miel (mulsum)” (Lamprid. Alex. Sev.30).


A menudo las fuentes escritas no dejan claro si se trata de ientaculum o prandium, aunque sí dan a entender que es la única comida que se consume antes de la cena. Por ejemplo, en el caso del emperador Augusto: “Comía muy poco y siempre de cosas comunes. Gustaba especialmente de pan mezclado (secundarium panem), de pescados pequeños (pisciculos minusculos), de quesos frescos hechos a mano (caseum bubulum manu pressum) y de higos frescos (ficos virides)” (Suet. Aug. 76). En el mismo pasaje, se nos dice que, estando de viaje, había comido solo pan y dátiles (panem et palmulas) y en otra ocasión, al regresar a su casa del palacio de Numa, “una onza de pan y algunas pasas” (panis unciam cum paucis acinis uvae duracinae).

Los niños que asistían a la escuela podían comprar también su desayuno en la panadería, como nos apuntaba Marcial: “Ya está vendiendo a los niños sus desayunos el panadero...” (XIV,223). Seguramente se trataba de algún tipo de galleta de cereal (crustula) que podría contener miel, o no. Horacio apunta a que a veces, algunos maestros condescendientes (blandi doctores) “se atraen a los niños dándoles galletas (crustula) para que aprendan de buena gana las letras” (Hor. Serm.I,I,25-26), haciendo alarde así de cierta intuición por parte de esos maestros de la necesidad de glucosa matutina en las mentes de sus estudiantes.

Vemos que el romano auténtico, el que respeta los valores de la tradición y está comprometido con sus deberes civiles, es frugal en su desayuno (y su almuerzo), es decir, en aquellas comidas ordinarias alejadas del compromiso social de la coena. Y las fuentes escritas se deben leer siempre en esta clave, puesto que no expresan lo que de verdad sucede, sino lo que el sistema ideológico representa. Por ejemplo, los hombres de bien, los buenos emperadores, las mujeres castas (cuánto cuesta encontrar datos sobre las mujeres romanas, excepto para criticarlas), los filósofos, los científicos, los militares y todos aquellos que se dedican a sus obligaciones civiles son siempre frugales, mientras que algunos nuevos ricos, los libertos, los esclavos desvergonzados y los malos políticos y emperadores tendrán un comportamiento desordenado y decadente en la mesa.
Por eso sabemos que Vitelio, proclamado emperador por el ejército en la Germania Inferior el año 69, no le caía demasiado bien a su biógrafo Suetonio, puesto que además de hablar de sus defectos como gobernante, su crueldad y su falta de empatía con el pueblo romano, lo retrata como un glotón descontrolado cuya voracidad no tenía límites y no era capaz de contenerse ni siquiera durante los sacrificios. Y por supuesto, “comía ordinariamente tres veces al día y a veces cuatro, designándolos almuerzo, comida, cena y colación (ientacula et prandia et cenas comissationesque)” (Suet. Vitel.13).


Lo mismo pasa con Clodio Albino, emperador a finales del siglo II, de quien se dice que “fue un glotón y que llegó a devorar una cantidad tan grande de frutas como no tolera la naturaleza humana” (Jul. Capitol. Clod. Alb.11). La cuestión es que la Historia Augusta, donde se narra su biografía, fue redactada durante el reinado de Septimio Severo, con quien se enfrentó Clodio Albino. Y no deja de ser curioso que para hablar de un gobernante se especifique su comportamiento en la mesa. Clodio Albino no fue solo un glotón, fue un ser sobrenatural, pues “comió en ayunas quinientos higos-pasas, a los que los griegos llaman callistruthias y cien melocotones de Campania, diez melones de Ostia, veinte libras de uvas de Labico, cien papafigos y cuatrocientas ostras” (Clod. Alb.11). Está claro que no era el emperador modelo. La comparación con la dieta de Augusto no tiene color.
El buen romano comprometido con sus deberes cívicos desayuna pan seco, como Séneca; o toma cualquier alimento “ligero y simple”, (levem et facilem), como Plinio el Viejo (Plin. Ep. III,5,10); o hace como Adriano, que comía el mismo rancho que sus soldados, a base de “tocino, queso y agua mezclada con vinagre” (larido caseo et posca) (Elio Esp. Adr. 10); o directamente no desayuna ni almuerza, y mantiene el estómago vacío hasta la hora de la cena, como el austero Cicerón (Ad Fam.193): “Yo llevo el apetito íntegro hasta el huevo” (integram famem ad ovum affero).

Alimentos sencillos, fríos, sin apenas preparación ni ceremonia, que simbolizan la frugalidad del austero pueblo romano. Dime cómo desayunas y te diré qué clase de romano eres.